No podemos retrasar nuestro fin. Cuando amanecemos vivos es una oportunidad más para aprovechar el día y ofrecerlo a Dios. Sin embargo, para muchas personas se ha convertido en una carrera por prolongar la juventud.
Para muchos, la obsesión por mantenerse joven ha reemplazado la aceptación serena del paso del tiempo. Si analizáramos seriamente la realidad, entenderíamos que lo que se prolonga no es la juventud, sino la vejez.
No es posible regresar en el tiempo y estacionarnos en los veinte años. La vida sigue su curso y no permanece estática. Por muchos tratamientos que nos apliquemos, por más comida saludable que preparemos, ejercicio que realicemos y cuidados que nos prodiguemos, la realidad fundamental permanece: el tiempo avanza inexorablemente hacia la eternidad.
La invitación del Evangelio es distinta. No se trata de negar el cuidado del cuerpo, sino de entender que nuestra verdadera riqueza no reside en los años vividos en esta tierra, sino en cómo los hemos aprovechado espiritualmente.
Cada nuevo día es una gracia divina, una oportunidad para crecer en santidad y amor. La pregunta que deberíamos hacernos no es cómo vivir más años, sino cómo vivir mejor cada uno de los días que Dios nos concede.