Hace exactamente un año, el 21 de abril de 2025, la Iglesia Católica y el mundo entero recibían la noticia que nadie esperaba. El anuncio oficial de la muerte de Su Santidad Francisco llegó a través de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, generando una onda expansiva de dolor y perplejidad en los rincones más remotos del planeta.

Las primeras horas tras el fallecimiento fueron caóticas en el Vaticano. Miles de fieles se congregaron espontáneamente en la Plaza de San Pedro, algunos llorando, otros rezando en silencio. El protocolo vaticano se activó inmediatamente: banderas a media asta, campanas tocando en toda la basílica, y comunicados simultáneos en múltiples idiomas informando sobre los detalles del velatorio y los preparativos para el cónclave.

Lo más sorprendente fue la repentinidad del suceso. Apenas días antes, Francisco había realizado sus actividades habituales, bendecido a peregrinos y celebrado misas. Su salud parecía estable para un pontífice de su edad avanzada. Esto convirtió su partida en un evento verdaderamente inesperado que sacudió las estructuras de la Iglesia.

En aquellas primeras jornadas, líderes mundiales de todas las religiones y confesiones transmitieron sus condolencias. Presidentes, reyes y representantes diplomáticos llegaron al Vaticano para rendir homenaje. Los medios de comunicación globales cubrieron cada detalle, desde la preparación del catafalco hasta la organización del cónclave que elegiría al nuevo pontífice.

La muerte de Francisco marcó el cierre de una era. Durante su papado transformó la Iglesia, abogó por los pobres, enfrentó escándalos de abuso sexual, y modernizó muchos aspectos de la institución milenaria. Su legado permanece vivo en las reformas implementadas y en los corazones de millones de católicos.

Hoy, al recordar aquel fatídico 21 de abril, la Iglesia continúa su camino bajo un nuevo liderazgo, pero la memoria de Papa Francisco sigue presente en el Vaticano y en todo el mundo.