En Uruguay, el país menos religioso de Latinoamérica, cuya secularización comenzó hace dos siglos, la presencia católica en Casavalle posee una historia que abarca varias décadas de compromiso con los más marginados.
Esta zona de Montevideo, históricamente marcada por la pobreza y la delincuencia, conoce bien el significado del servicio encarnado en la fe. El padre Cacho personificó de manera emblemática este compromiso a finales de la década de 1970, eligiendo vivir entre las familias más pobres del barrio.
«Él eligió ir a vivir allí, entre las familias más pobres», recordando cómo el padre Cacho compartía el día a día de sus vecinos, sus dificultades y sus esperanzas. No era alguien que viniera de fuera como observador, sino como hermano en la comunidad.
Este legado de encarnación pastoral resuena profundamente en la visita del Papa León XIV a estas periferias existenciales, donde la Iglesia ha mantenido su presencia no mediante estructuras imponentes, sino a través del testimonio vivo de quienes eligieron estar cerca de los más vulnerables.
La experiencia de Casavalle refleja cómo, incluso en contextos de fuerte secularización, la opción preferencial por los pobres mantiene viva la presencia católica en territorios donde otros instituciones han retrocedido. Esta es la Iglesia que el Santo Padre encuentra en las calles de Montevideo: una comunidad que ha aprendido a evangelizar desde la cercanía y el dolor compartido.