Todos los santos sintieron una profunda devoción por la Santísima Virgen, a quien invocaban en cada una de sus necesidades, confiando en ella para recibir protección y ayuda divina. No solo acudían a ella para resolver sus necesidades cotidianas, sino también en los momentos más críticos de sus vidas, cuando el peligro acechaba.

Tal fue el caso de San Antonio María Claret, destacado arzobispo de Cuba, quien manifestó un amor profundo y sincero hacia la Virgen María. Este prelado recurría a ella con frecuencia en sus oraciones y, en ocasiones difíciles, clamaba a ella cuando se encontraba en situaciones de grave peligro.

En su propia autobiografía, San Antonio relata una experiencia angustiosa que vivió relacionada con las aguas, momento en el cual la intercesión mariana se hizo presente de manera providencial. Su testimonio personal constituye un ejemplo vivo de cómo la fe en la Virgen María y la confianza en su protección pueden ser fuente de salvación en circunstancias extremas.

El caso de este santo nos recuerda que la devoción mariana no era un aspecto secundario en la vida de los santos, sino un elemento central de su espiritualidad y de su relación con Dios. La Virgen María, como madre y protectora, estuvo siempre presente en los momentos de mayor necesidad, respondiendo a la fe inquebrantable de sus hijos.