A principios del siglo XX, el papado experimentó una transformación en su forma de desplazarse. En 1909, el cardenal John Murphy Farley, arzobispo de Nueva York, obsequió al papa Pío X un Itala 20/30, el primer vehículo motorizado en la historia del pontificado.

Sin embargo, el pontífice italiano rechazó este innovador regalo. En aquella época, Pío X permanecía confinado dentro de los muros del Vaticano desde la toma de Roma por parte del Reino de Italia. A pesar de esta situación, el Papa mostraba mayor preferencia por sus paseos en carruaje tirado por caballos a través de los extensos jardines vaticanos, considerando este medio de transporte más cómodo y menos ruidoso que el automóvil.

Este rechazo inicial marcó el comienzo de una larga historia entre el papado y la tecnología automotriz. Posteriormente, Mercedes-Benz se convertiría en marca proveedora de vehículos para la Santa Sede, iniciando una colaboración que se extendería por casi un siglo.

La resistencia de Pío X al cambio reflejaba la tensión entre la tradición y la modernidad que caracterizaba al papado en el inicio del siglo XX. Los carruajes eclesiásticos representaban una continuidad con siglos de historia pontificia, mientras que los automóviles simbolizaban un futuro incierto.

Con el tiempo, los sucesores de Pío X adoptarían gradualmente los vehículos motorizados, transformando la forma en que los papas se desplazaban tanto dentro como fuera del Vaticano. Esta evolución tecnológica se convirtió en un reflejo de la apertura progresiva de la Iglesia hacia la modernidad durante el siglo XX.