A lo largo de este año, exorcistas oficialmente nombrados por la Iglesia han advertido sobre un fenómeno preocupante: la actividad extraordinaria del enemigo, por desgracia, es cada vez menos extraordinaria y tiende a convertirse en lo habitual.

Para comprender este proceso, es útil una analogía médica. Cuando una persona pasa el invierno enfermando de manera recurrente ante cualquier virus en circulación, suele atribuirse a un sistema inmunitario debilitado. Un mecanismo similar afecta hoy a la sociedad en el ámbito espiritual.

La protección espiritual frente a lo preternatural ha disminuido notablemente debido a una falta generalizada de defensas espirituales en la población. Esta vulnerabilidad se relaciona directamente con cambios profundos en la vida religiosa y sacramental de las comunidades.

Entre los factores que contribuyen a este debilitamiento espiritual destaca la disminución en la práctica de sacramentos fundamentales. Cada vez se bautizan menos niños, y este descenso representa una reducción significativa en la transmisión de la gracia sacramental que protege a las personas desde su infancia.

Los exorcistas subrayan que la ausencia de esta protección espiritual básica expone a individuos y comunidades a influencias negativas que anteriormente eran consideradas excepcionales. Lo que antes era extraordinario se normaliza en una sociedad donde los fundamentos espirituales se erosionan progresivamente.

Esta crisis no es meramente religiosa, sino que tiene implicaciones profundas en la vida cotidiana de las personas y comunidades. La Iglesia continúa llamando a la reflexión sobre la importancia de mantener y fortalecer las defensas espirituales mediante los sacramentos, la oración y la vida de fe.