Una de las dudas más frecuentes en la vida matrimonial es: ¿todo es lícito en la intimidad sexual dentro del matrimonio? La respuesta la proporciona una palabra con mala prensa en la actualidad, pero sumamente útil: la castidad.
En algunos círculos se ha creído erróneamente que la castidad consiste únicamente en que los adolescentes se abstengan de tener relaciones sexuales antes de llegar al altar. Sin embargo, lo que muchos ignoran es que la castidad es una virtud que se vive a lo largo de toda la vida, incluso dentro del matrimonio.
Aunque más de uno se sorprenda, para una pareja casada, la castidad no implica represión ni negación de la sexualidad, sino todo lo contrario. Se trata de vivir la intimidad sexual con respeto, dignidad y autenticidad, reconociendo que el cuerpo y la sexualidad son dones de Dios destinados a la unión y la procreación.
La doctrina de la Iglesia enseña que la relación sexual en el matrimonio debe estar siempre abierta a la posibilidad de engendrar nueva vida y debe expresar el amor mutuo entre los cónyuges. La castidad matrimonial, entonces, se convierte en protección de la verdadera intimidad, evitando reducir al otro a un mero objeto de placer.
Esta virtud establece límites claros: aquellas prácticas que buscan el placer desvinculado del amor conyugal, que instrumentalizan el cuerpo del otro o que cierran deliberadamente la apertura a la vida, contradicen la naturaleza sagrada del acto matrimonial.
Vivir la castidad en el matrimonio significa, pues, construir una relación basada en el respeto mutuo, la entrega generosa y el reconocimiento de la dignidad de ambos cónyuges. No se trata de represión, sino de liberación para amar de manera más profunda y auténtica.